Guerra Rusia-Ucrania: Un verano sin girasoles

“Así como Rusia está a punto de caer en default, Europa vuelve a estar acechada por el fantasma del desabastecimiento”

un verano sin girasoles
Un verano sin girasoles

Las dimensiones de una guerra son poco cuantificables, cuando los números se convierten en noticias abstractas. Detrás de cada cuerpo calcinado, de cada niño que cruza a pie una frontera, de cada ladrillo destrozado yacen momentos, historias, vidas que no volverán a ser las mismas.

Llegado el Siglo XXI, esperamos mucho que el profeta e historiador israelí Yuval Noah Harari tuviera razón. Que la guerra, la peste y el hambre fueran cosas de otro siglo, que gracias a los avances en el mundo no volvieran a suceder.

Aquí estamos nuevamente. 

Frente a una película que nos enfrenta otra vez a las miserias humanas, donde la peste nos dejó millones de muertos, sumados a los miles con enfermedades mentales de las cuales nadie habla. Con un aumento sideral de las personas que no pueden satisfacer sus necesidades alimentarias diarias. Y, para no ser menos, una guerra que amenaza con poner al mundo de rodillas, llevando la incertidumbre a niveles nunca vistos desde la Crisis de los Misiles en Cuba.

El fin de la pandemia nos dejó con un aumento de 118 millones de personas que sufren inseguridad alimentaria. Esto quiere decir que, sumadas a los 693 millones previos, estaríamos promediando unos 811 millones de seres humanos con hambre en el mundo. Pero no parece parar aquí. Más bien, es el comienzo de una situación que se prolongará por años. Con menos de 20 días de guerra en Ucrania, ya son más de 2 millones los refugiados.

“Ucrania es el 1° exportador de girasol y aceite de girasol del mundo, así como el 2° de cebada. También, el 3° productor de maíz, el 4 ° productor de papa, el 5° mayor productor de centeno del planeta y el 8° en exportaciones de trigo.”

Para poder dimensionar la importancia de Ucrania, debemos tener en cuenta que los motivos expresados por Vladimir Putin para proteger a las minorías rusófonas se sustentan en intereses materiales muy precisos. Ucrania es el 7° país del mundo en reservas de carbón, el 1° país de Europa en términos de superficie de tierra cultivable. Ocupa el 3° lugar en área de suelo negro del mundo. Es el 1° exportador de girasol y aceite de girasol del mundo, así como el 2° de cebada. También, el 3° productor de maíz, el 4 ° productor de papa, el 5° mayor productor de centeno del planeta y el 8° en exportaciones de trigo. Sin mencionar las vastas reservas de hierro, amoníaco y uranio que atraerían a cualquier dictador voraz.

Esto no ha pasado inadvertido para la dirigencia mundial, en especial la europea. El exministro de Agricultura de Italia, Paolo De Castro, quien preside la Alianza Parlamentaria contra el Hambre en el Parlamento Europeo, alzó la voz asegurando que el sector agroalimentario italiano, uno de los más potentes del Viejo Continente, corre riesgo de quedarse sin insumos básicos para toda la cadena agroalimentaria. 

La falta de fertilizantes, el aumento geométrico del precio de los combustibles, la falta de aceite de girasol pone en jaque a toda Europa. Y como consecuencia, al sistema logístico de abastecimiento de alimentos por el bloqueo a los puertos ucranianos en el Mar Negro.

Así como Rusia está a punto de caer en default, situación bien conocida para Argentina, Europa vuelve a estar acechada por el fantasma del desabastecimiento. Muchos de los dirigentes de la actual Europa, en particular los más longevos, conocen las consecuencias de esta pesadilla. La Segunda Guerra Mundial dejó una situación desoladora para la agricultura europea allá por 1945, cuando los ciudadanos de los países del eje comían como mucho 800 calorías diarias una vez terminado el conflicto. Las tarjetas de racionamiento, el mercado negro y la gente comiendo pan con aserrín, motivaron el mayor éxodo de la historia moderna. 

Millones de europeos escaparon sin papeles, como polizones en busca de salvar a sus familias de la hambruna generalizada. Una de las políticas históricas de la UE ha sido la Política Agraria Común (PAC), una iniciativa regional de seguridad y soberanía alimentaria destinada a evitar que Europa volviera a pasar hambre. 

El problema del aumento exponencial de las facturas de luz, gas, combustible irá aparejado con un aumento en los precios de los alimentos. La gente seguirá comiendo, pero cuando el presupuesto familiar se resiente la calidad de las dietas decae. Es decir, estamos a las puertas un mundo hambriento y peor alimentado. Lo cual impacta directamente sobre las políticas públicas de la salud, con un incremento en las enfermedades tales como obesidad, hipertensión, diabetes entre otras.

Este problema hoy es un problema mundial. Los precios de los alimentos en Estados Unidos no han morigerado su aumento. España se ve afectada por una de las sequías más grandes de las últimas décadas. El Reino Unido tiene problemas de abastecimiento por la crisis logística generada a consecuencia del Brexit, y la llanura Padana italiana es rehén del suministro de gas ruso para industrializar sus productos.

Hoy, hasta la misma UE se pone en entredicho con sus propias políticas. La necesidad de abastecer su mercado ha llevado a buscar a los viejos aliados. Así como el dictador Franco recurrió a la Argentina de Perón, la Europa democrática del Siglo XXI recurre a las antiguas colonias.

África podría ser la respuesta a la demanda mundial, ¿pero qué garantía tenemos de que la inestabilidad connatural a este continente no haga más que acrecentar sus conflictos internos? Mientras ciertas zonas de Etiopía, Kenia, Egipto y Marruecos han hecho enormes avances en el sector agrícola, mucho otras regiones como la del Sahel sufren a diario la escasez de alimentos y de agua, sembrando discordia entre las diversas tribus y etnias. 

Desde América Latina y el Caribe, se produce 28% de la oferta mundial de alimentos. El reto mayor es cómo lograr que esta crisis alimentaria se convierta en un motor para el desarrollo de nuestro continente, evitando caer en concepciones meramente productivistas que nos dejen campos desgastados por la falta de buenas prácticas agropecuarias.

Sin embargo, son las Américas las que están llamadas nuevamente a desempeñar un rol estratégico ante esta situación. Somos un continente de paz que, en la diversidad ideológica y sus conflictos internos, demuestra al mundo que ha aprendido la lección y que la democracia, aún con sus bemoles, es un gran negocio. La calidad de vida de los latinoamericanos ha mejorado considerablemente en los últimos 50 años. Tenemos una población joven, pujante y educada, que ha sabido salir de la pobreza, demandar mayores derechos y ejercer un rol cada vez más preponderante en la política de sus países.

No obstante, existe un reto aún mayor: cómo lograr que esta crisis alimentaria se convierta en un motor para el desarrollo de nuestro continente, evitando caer en concepciones meramente productivistas que nos dejen campos desgastados por la falta de buenas prácticas agropecuarias. 

Desde América Latina y el Caribe, se produce 28% de la oferta mundial de alimentos. Esta capacidad real tiene un potencial incuantificable si se pusiera en la ecuación innovación, investigación, inversiones de capital, formación y tecnificación. Esto se traduciría en mayor producción sin descuidar el medio ambiente. Atrás deberían quedar los días donde la producción agroalimentaria se constituía como una preocupación. Desde la carne de carbono neutro, hasta la estrategia net zero en la lechería de las Américas, pasando por la implementación de sistemas silvopastoriles hasta el impulso a la producción agroforestal basado en el concepto de la economía circular, las Américas son un reservorio de biodiversidad que hace un bien al planeta, al igual que alimenta y alimentará a generaciones enteras. 

Nuestra meta debe responder al reto de cómo lograr que la agroindustria se reconvierta en lo que siempre ha debido ser, un ejemplo de agro(bio)industria sostenible, inclusiva, que genere empleos de calidad y contemple la subsidiariedad intergeneracional.

Mientras rugen los cañones y se oyen las voces marciales que claman por la entrada de la OTAN en la guerra, en Ucrania todos saben que este verano no florecerán los girasoles.

Nota: este artículo se publicó originalmente en El Economista y se reproduce con permiso del autor.

Nota: Las opiniones expresadas en este blog son responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la opinión del IICA.

 

Patricio DellaGiovannaPatricio DellaGiovanna Gaíta es Affiliate Fellow del Programa de Estudios Agrarios y del Council on Latin American & Iberian Studies de la Universidad de Yale. Actualmente es consultor del IICA.

 

 

Si tiene preguntas o sugerencias de mejora del BlogIICA favor contactar a los editores: Joaquín Arias y Viviana Palmieri.

 

 

 

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